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El séptimo trabajo de la legendaria banda de Oslo llega con grandes expectativas a una escena que, honestamente, no urgía por una entrega más de MAYHEM. El panorama actual está saturado de Black Metal, repleto de propuestas modernas o de corte old school; aun así, este 6 de febrero de 2026 nos llega esta placa discográfica de la formación fundada por Necrobutcher. El material nos presenta ocho temas inéditos (más un bonustrack que no he escuchado aún, pues es exclusivo de la edición limitada) que suman 49 minutos del subgénero del cual el grupo es pionero y estandarte, guste o no.


En contextoLiturgy of Death no es un retorno a las raíces, ni una declaración de intenciones, y mucho menos la joya de la corona. Desde Daemon (2019), “The Trve Mayhem” no publicaba música nueva; con aquel álbum, que sin ser lo mejor de su discografía cumplió con creces, no se hicieron extrañar, ya que giraron mundialmente celebrando sus 40 años de trayectoria con un tour global. Durante esa gira anunciaron el disco y lanzaron varios sencillos. El primer adelanto, “Weep for Nothing”, encendió el hype: el sonido se sentía intenso, con matices interesantes que los noruegos ya había explorado, pero con un aire más contemporáneo. Debo confesar que me enganche con esta primera canción y me subí al tren de la expectativa.


Tras la salida del LP completo, mi primera impresión fue: “esto es Black Metal”. De ahí surgieron dudas sobre qué significan esas palabras hoy en día, qué representa el logo de una banda como MAYHEM y, lo más importante, qué me genera este disco.


El sonido de intensa. Hellhammer suena totalmente fresco y Attila aporta un aura malévola mediante guturales gorgoteantes o su característica voz limpia y grave. Los trémolos y los riffs cargan una atmósfera maldita que se desmiembra en rapidez, con una composición muy bien encajada en la estética general. Los cambios de sección y la precisión entre compases son placenteros de oír; no es que sean revolucionarios, pero están muy cuidados. En la ejecución, Ghul y Teloch realizan un trabajo impecable. Necrobutcher, por su parte, aporta músculo y densidad; resulta interesante escuchar un bajo que no se limita a acompañar, sino que surfea las estructuras a placer con un ataque constante.


Liturgy of Death no es el mejor álbum que he escuchado este año, ni de la banda en general (soy más seguidor de la época de Blasphemer). ¿Por qué, entonces, evoca tan fuerte el nombre del subgénero? Porque en cada tramo la banda busca sonar “más blacker”, no en un sentido prepotente, sino como una expresión de su esencia. No hay inventos ni riesgos innecesarios; es tradicional y moderno a la vez. Posee el equilibrio perfecto entre la nueva oleada y el carisma de la vieja escuela.


El disco tiene pasajes cómodos para quienes disfrutan de la producción limpia, pero también momentos abruptos y experimentales (si es que nunca escuchaste el Grand Declaration of War). Aquí converge un poco de cada época. No es algo trasgresor, pero tiene personalidad gracias a sus raíces. Todo está bien encajado a nivel compositivo, aunque me surge la duda: ¿cuál sería el impacto de este mismo álbum si lo sacara una banda desconocida? Podría ser una sorpresa o simplemente uno más entre los miles que salen al año.


Para desgranar el disco y profundizar en mi análisis, vayamos canción por canción:


“Ephemeral Eternity”: El primer corte nos sumerge en una atmósfera oscura y pesada. Posee todos los elementos fundamentales del Black Metal: trémolos, blast beats y voces diabólicas. Se desarrolla en un espectro cargado de maldad; durante poco más de seis minutos nos topamos con una pieza sólida. Si este inicio no te atrapa, mejor no continúes con el álbum.
“Despair”: Una introducción muy enérgica que abre paso a un ataque de guitarras y percusión frenética. Estas contrastan con una voz coral, casi ritual, de Attila, que luego se transforma en algo demoníaco sobre un riff duro y veloz. Sin adornos innecesarios.
“Weep for Nothing”: Comienza con fuerza y un tono más intenso gracias al redoble de batería y una guitarra gélida, cuya distorsión aporta una textura más cruda. La canción presenta progresiones y cambios de sección bastante entretenidos; nada se siente forzado y mantiene esa energía maldita del inicio. Aquí reaparecen las voces limpias de Attila con un matiz orquestal.
“Aeon’s End”: Esos elementos diferenciadores que mencioné antes se funden con el estruendo de la música, y en este tema dicho estruendo es el protagonista. Es el corte más violento y rápido del disco: voz rasposa, doble pedal incesante y un bajo que crea una pared sonora que te encierra en un pandemonio (mi favorito del álbum). Para mi sorpresa, incluye un solo de guitarra inesperado que le otorga un toque distintivo.


“Funeral of Existence”: Bajando un poco las revoluciones, esta pista se enfoca en la incomodidad de los medios tonos. Presenta un estribillo muy fiel al estilo noruego, con guitarras que transitan del riff al trémolo mientras la batería acompaña con precisión para no restar protagonismo. La dinámica de las secciones evita que el álbum caiga en lo repetitivo o básico.
“Realm of Endless Misery”: Aquí la banda arriesga un poco más con una sección entre versos que muestra el bajo de Necrobutcher de forma protagónica. Es una canción pesada con un ritmo perfecto para el headbanging.
“Propitious Death”: No rompe el esquema, aunque destaca en varios aspectos: entradas violentas, cambios abruptos y la versatilidad de Attila adaptándose a cada giro. Hellhammer demuestra que sigue en plena forma, mientras Ghul y Teloch ofrecen un gran despliegue de guitarras.
“The Sentence of Absolution”: El cierre y tema más largo del LP. Es una pieza esotérica y ecléctica con armonías singulares. Aquí sí hay un ligero cambio de fórmula, pero sin excesos. Me llama la atención el final: tambores con cascabeles y una palabra que se repite entre ruidos y gemidos de fondo. Es un desenlace anticlimático y extraño, pero a la vez transmite una sensación de conclusión muy concreta.


En líneas generales, Liturgy of Death es un álbum sólido. Demuestra de lo que es capaz la banda con los estándares de producción actuales. Es, simplemente, Black Metal. No tiene nada de especial más allá del gran nombre que lo respalda, y eso no es malo. Los 49 minutos pasan rápido si estás habituado al género, aunque puede aburrir tanto a los puristas radicales como a los que solo buscan tendencias nuevas. Lo que es seguro es que la “prensa especializada” lo posicionara como lo mejor del año.


No me complico: la banda más conocida del género volvió con un trabajo a su altura, sin ser una maravilla absoluta. Recomendado si eres un oyente habitual de la escena. Nota final: 8/10.

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